Cien grados y yo, pegado a un sillón que dice ser de cuero. La etiqueta decía "piel" y yo le creí, como tantas cosas. Es más sintético que el pino de los desodorantes de coche, y cada vez que me levanto suena como cuando uno se arranca una curita, pero del cuerpo completo.

De noche, nada. Tengo los ojos como bolas de billar: lisos, redondos y sin ninguna intención de cerrarse. Cuando por fin cabeceo, mi vejiga, que a esta edad hace lo que quiere, anuncia que la vigilia continúa. Dormir, orinar, dormir, orinar. Mi vida se volvió un trámite con dos ventanillas.

De día, la siesta, o lo que el calor deja de ella. Despierto empapado y con olor a algo que se está echando a perder. Olfateo la sala. Abro el refrigerador. Reviso debajo del sillón. El sospechoso era yo.

No me pregunte por mi humor.