Camino con bastón. No me da pena: cuando no se puede, no se puede. Lo que me da es curiosidad, porque siempre aparece alguien con mucha prisa y mucha autoridad moral que me viene pisando los talones. Y lo digo literal: los talones.
Me rebasan, me rozan el hombro y me lanzan una mirada de reclamo, como si yo hubiera elegido, por gusto, volverme obstáculo. Y casi siempre es el mismo tipo de gente: la que más pide respeto. La que dice "con permiso" como quien cobra un adeudo. La que exige cortesía a voz en cuello y, cuando le toca darla, descubre que la dejó en la otra bolsa.
La cortesía, por lo visto, es como el agua en mi edificio: todos la quieren, pocos la cuidan y siempre falta cuando uno la necesita.
Ya sé que por escribir esto alguien me va a odiar. No importa. El primer abono ya me lo cobraron con el hombro.