Saltar al contenido
Crónicas del Vejerete

Refunfuños

Lo que no da para crónica. Un enojo corto, de uno en uno.

Cortesía, pero para los demás

Camino con bastón. No me da pena: cuando no se puede, no se puede. Lo que me da es curiosidad, porque siempre aparece alguien con mucha prisa y mucha autoridad moral que me viene pisando los talones. Y lo digo literal: los talones.

Me rebasan, me rozan el hombro y me lanzan una mirada de reclamo, como si yo hubiera elegido, por gusto, volverme obstáculo. Y casi siempre es el mismo tipo de gente: la que más pide respeto. La que dice "con permiso" como quien cobra un adeudo. La que exige cortesía a voz en cuello y, cuando le toca darla, descubre que la dejó en la otra bolsa.

La cortesía, por lo visto, es como el agua en mi edificio: todos la quieren, pocos la cuidan y siempre falta cuando uno la necesita.

Ya sé que por escribir esto alguien me va a odiar. No importa. El primer abono ya me lo cobraron con el hombro.

Comentar

Un año de garantía

Las licuadoras de antes pesaban como yunque, sonaban como avión y se heredaban. Nadie les ofreció garantía y nadie la necesitó.

La de ahora es ligera, elegante, color grafito y trae un año de garantía. Viene escrito en la caja con letras grandes, como quien presume una virtud. Lo que la caja no dice es que el motor también sabe leer el calendario: la garantía vence el lunes y el aparato se despide el martes.

Qué puntería.

Comentar

El botón estaba aquí

La app del banco se actualizó otra vez. Nadie sabe qué le cambiaron, pero el botón de transferir, que ayer estaba a la izquierda, hoy vive en un menú de tres rayitas, detrás de un icono que no se parece a ninguna cosa conocida.

Antes, para mover dinero había una ventanilla y un señor con un sello. Lo detestábamos, pero el señor siempre estaba en el mismo lugar. Ahora el señor es una aplicación que cada semana cambia de sitio, de color y de carácter, y que pide actualizarse para "mejorar su experiencia". Mi experiencia, por si alguien pregunta, era perfecta con el botón donde estaba.

La comisión, eso sí, nunca cambia de lugar.

Comentar

Su llamada es importante

Su llamada es importante para nosotros. Por eso la tenemos cuarenta minutos escuchando una versión de piano de una canción que usted odiaba hasta cuando era buena. Su posición en la fila es la número siete. Hace diez minutos era la seis. Hasta las filas virtuales avanzan para atrás.

Luego contesta una grabación que le pide marcar el uno para saber si debe marcar el dos. Luego una persona, que le pregunta su número de cliente, su fecha de nacimiento, el nombre de soltera de su madre y el nombre de su primera mascota, y concluye que su caso lo ve otro departamento, al que va a transferirlo. Y se cae la llamada.

Imagínese si fuera menos importante.

Comentar

Misión Imposible, versión jardín

Las plantas de mi esposa llevan un tiempo a mi cargo. Cuando las recibí estaban en terapia intensiva. Mi abuela decía que si uno va a hacer algo, lo hace bien o no lo hace, así que esperé. Y esperé.

Los rosales se llenaron de botones. La monstera, que estaba más moribunda que la relación con su ex, volvió a echar hojas. El lirio, que ya era un bulbo seco y un recuerdo, resucitó. Y el ave del paraíso, que en la vida había dado una hoja, dio sus primeras hojas y un botón de flor. Un botón. Yo andaba por el pasillo como entrenador de selección.

Entonces el hijo del vecino de arriba volvió a la carga. Otra vez. El mini jardín (que es de ella; yo solo soy el contratista) se convirtió en locación de la siguiente entrega de Misión Imposible: mucha acrobacia, cero respeto por el reparto vegetal.

Comentar

Cien grados y ni una siesta

Cien grados y yo, pegado a un sillón que dice ser de cuero. La etiqueta decía "piel" y yo le creí, como tantas cosas. Es más sintético que el pino de los desodorantes de coche, y cada vez que me levanto suena como cuando uno se arranca una curita, pero del cuerpo completo.

De noche, nada. Tengo los ojos como bolas de billar: lisos, redondos y sin ninguna intención de cerrarse. Cuando por fin cabeceo, mi vejiga, que a esta edad hace lo que quiere, anuncia que la vigilia continúa. Dormir, orinar, dormir, orinar. Mi vida se volvió un trámite con dos ventanillas.

De día, la siesta, o lo que el calor deja de ella. Despierto empapado y con olor a algo que se está echando a perder. Olfateo la sala. Abro el refrigerador. Reviso debajo del sillón. El sospechoso era yo.

No me pregunte por mi humor.

Comentar