Mi abuela fue una mujer dura y luchona que ya de grande se dio el lujo de estudiar. Dejó muchas frases. La mejor tiene tres palabras: «¿Dónde lo dejaste?»

El otro día mi vástago mayor andaba por la casa. Pasa más tiempo aquí que donde debería, y no es por mí, es por la comida. Ni modo de cobrarle: ya bastante hice con traer a la criatura a este valle de lágrimas.

Se enfrascó con mi esposa en una de esas discusiones de padres e hijos: se dice todo, se siente todo, nada en serio, salvo lo de amor. Con voz de tormenta preguntó dónde estaba no sé qué cosa.

Mi esposa, con la paciencia de quien ya superó la media nacional de matrimonio (no diré cuántos años), contestó con la frase de mi abuela. Intacta. Heredada como el apellido.

—¿Dónde lo dejaste?

Y ahí estaba la chimistreta, tan tranquila, donde la dejó.

La tormenta se cayó a medio trueno. Así son las verdades de rancho: usted pide ayuda y le devuelven un mapa. Y el coraje, otra vez, no era mío. Pero qué gusto oír la frase, con todo el peso de la razón.

Mi abuela decía también que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Eso o algo así: mi memoria para los dichos es como la chimistreta, quién sabe dónde la dejé.

Stephen King habría sacado de aquí mil páginas, con pueblo y plaga. Y, como en Apocalipsis, terminaría cien páginas después de donde debía. Usted llegaría al final y diría: «¿Eso es todo?»

Mi abuela lo resolvió en tres palabras. Sin epílogo.