El Eléctrico no hacía sus asuntos.

Llevábamos tres vueltas al parque. Él, olfateando cada poste como cliente que revisa el menú. Yo, detrás, dando vueltas como la hormiga alrededor de la migaja: mucha convicción, ningún resultado.

(El Eléctrico es nombre hipotético; el verdadero se queda en casa. Le dicen así por el chiste de la secundaria: el perro corriente. Que sea pomeranian no cambia nada. El amor, como la corriente, no pregunta de qué raza viene.)

En una de esas vueltas pasó una señora con su carreola. Adentro, un bebé dormido. De pronto, sonrió.

—Mire, le sonrió —me dijo la señora.

Claro. Un viejo con un perro estreñido, y el bebé dormido. Soñaba con otra cosa, señora. Yo no le sonrío ni despierto.

Pero me dejó la pregunta: ¿qué sueñan los bebés? Un vejerete sueña con lo que le debe a todo el mundo. Un bebé no ha vivido nada: ni deudas, ni vecinos, ni noticias. Y sonríe. Además tiene el llanto. Yo tengo el idioma entero, y cuando pierdo los estribos no llego ni a la mitad de la autoridad de un bebé a las tres de la mañana. Yo digo todo. Él no dice nada, y se levanta la casa.

Yo, en cambio, sí sé con qué sueño. Con lo que me pasó en el día. Porque los sueños no se hacen solos: hay un estudio. Trabaja de noche, filma sin guion y sin ensayo, y lo único que no tiene es presupuesto.

Dream Studios no inventa. Recicla.

Freud les llamaba restos del día. Usted les dice «qué raro, soñé con el jefe». Déjeme enseñarle los míos.

La materia prima

De regreso a casa, cojeando como quien trae una uña enterrada (sí, la tengo; ese es otro coraje para otro día), me pegué en el pie con la pata chueca de una banca. Servicios municipales todavía no la arregla. Nombré a todos los santos. En mal sentido.

Contra el viento caminaba, porque había alerta de viento. En eso, un vendedor, de los hábiles, de los que no le dejan colgar. Hasta que el viento cortó la llamada. Primera vez que le agradezco algo a un fenómeno meteorológico.

Llegué al sofá y prendí la tele. A mi edad lo único con sabor es el chisme, y las noticias son chisme con corbata. Estaban los de siempre, unos contra otros: bombas, un edificio que se desquebrajó, un dron, un estallido. Luego las elecciones. Gana un extremo y quita; gana el otro y da. A mí ninguno me ha devuelto el sueño.

Esa mañana, además, había encontrado en la almohada más cabellos de lo acostumbrado. Lo anoté mentalmente para no pensarlo. Error. En ese estudio nada se pierde.

Llegó la noche. Bajón de temperatura, y mi vejiga reclamó turno en el inodoro. Hice mi ronda, como guardia de seguridad que ya camina por rutina y no porque esté haciendo algo productivo. Me acosté.

Dream Studios abrió set.

La producción

Mi esposa había decidido ir a la plaza. Su tienda en línea favorita, con suscripción premium y entrega «en tres horas», cobra el envío igual. Hasta el estudio sabe que eso es de terror.

Iba con sus tías y sus primas. Yo, de chofer. ¿En qué vehículo cabían todas? No pregunte. Dream Studios no explica la logística: en los sueños siempre caben todas las tías.

Salí enojado. Hacía un viento infernal. El mismo del día, reciclado; ni extras contrataron. Para aprovechar el tiempo le marqué a mi madre, y se cortó. Otra vez el viento. Ni dormido me dejan hablar con ella. Crucé a la acera de enfrente en busca de señal, y la recuperé.

Entonces llegaron.

Camionetas de lujo, uniformes militares y la cara tapada. Encapuchados. Usted dirá: por el viento, por el anonimato, por la ideología. Yo tengo otra teoría: presupuesto. Dream Studios se gastó todo en las camionetas, y para no inventar tantas caras, tapó las que había. Vehículos de lujo, rostros ninguno. Así se hace cine barato.

Hicieron lo que hacen en las noticias: explosiones a lo lejos, gente corriendo, mucha cámara lenta. Todo copiado del noticiero de la tarde. Y entre los rehenes, a una distancia de campo de fútbol, reconocí con toda claridad la cara de mi esposa.

Gracias, Dream Studios.

A los encapuchados les ahorraron la cara. A mi esposa se la hicieron en alta definición. Cada quien con sus prioridades.

Corrí al edificio de enfrente y subí a la azotea para ver mejor. Allí estaba mi maestra. De corte y estilismo. Una materia que jamás cursé. Pero usted ya sabe por qué: la almohada. Dream Studios vio los cabellos, lo anotó y esa noche me contrató a una maestra. Me dijo que qué bueno que regresaba, porque el examen final era en dos días.

—Ahora no, maestra —le dije—. Estoy atendiendo asuntos que importan.

(Dato personal: tengo tres carreras terminadas. No me gusta dejar cosas a medias, ni siquiera cuando ya me arrepentí. Mi subconsciente lo sabe y, por si acaso, me manda a examen final de una cuarta.)

Mi madre volvió a llamar, desde algún lado. Que me fuera, que no me quedara, que libre le servía más a mi esposa que preso. Consejo práctico. Ni dormido le discuto a mi madre.

Salí por un barrio de mala muerte, con ese miedo real que uno carga en cualquier ciudad de Latinoamérica, sin demeritar su belleza ni la calidez de su gente. Entré a un local a recuperar el aliento, y ahí mi vejiga empezó a tocar a la puerta del sueño. Pedí el baño. Ocupado. Dream Studios, que es hábil, no quería despertarme, y mucho menos mojarme las sábanas. Un productor que cuida la utilería y la ropa de cama.

Salí a rescatar a mi esposa. Con un plan claro. Bueno, con la intención de tener uno. En mi carrera me pegué en el pie con una parada de camión oxidada. La banca del día, reutilizada. Dream Studios no desperdicia utilería. Y la uña enterrada se presentó, puntual.

Me senté. Y ahí estaba ella: una ex novia de la juventud. Del tipo tóxico. Pidiéndome que escapáramos juntos, que qué bueno que me encontró, que ella siempre sabía qué hacer. Me hizo reír, que es lo peor. Casi accedo. Le dije: «ve por tus cosas». Pero se me vinieron encima todos los recuerdos, los buenos y los malos, y pensé: con lo que me costó sacarla de la cabeza, y Dream Studios la contrata sin casting.

Me levanté como pude. Viejo, cojo y sin plan, volví hacia el barrio. Mi madre llamó otra vez. Que no fuera, que buscara un abogado. Le dije que sí, que la escuchaba, pero que se acercaban unos jóvenes de aspecto dudoso a quitarme el celular y que ya no le iba a poder llamar. Que se tranquilizara, que le marcaba en cuanto encontrara los medios.

Me quitaron el celular sin esfuerzo y se fueron. Ni lo sentí, porque en ese momento la vi.

Calle abajo, sola, una carreola. Rodaba despacio, con el aplomo de las cosas que nadie sujeta, directo hacia los encapuchados. Adentro, un bebé. Dormido.

—Lo siento, mamá —dije, sin teléfono y sin nadie a quien decírselo—. Dije que me iba. Pero primero el bebé.

Y corrí. Es un decir. Cojeé a cinco kilómetros por hora, con la uña enterrada, detrás de una carreola que, por física o por presupuesto, iba más rápido que yo. La alcancé frente a una camioneta de lujo. Agarré el manubrio. Los encapuchados, que no tenían cara, tampoco tuvieron reacción: a Dream Studios no le alcanzó para diálogo.

Me asomé. El bebé dormía como un santo. Y sonrió.

A mí. Esta vez sí.

Fue entonces cuando mi vejiga, vicepresidenta ejecutiva con derecho a veto, le dijo al estudio: ya basta. Producción cancelada.

Desperté. Mi esposa dormía a mi lado, sin un rasguño. Lo único secuestrado era mi mitad de la cobija.

La conclusión (sí, esta vez hay)

Doña Concha, que tiene los años que ella dice que no tiene, sueña seguido con sus ex novios. Y se pregunta: «¿Será que quiere algo? ¿Estará en problemas? ¿Será que quiere que lo busque?». Hasta al panteón ha querido que la acompañemos. No, Doña Concha. No es un recado del más allá. Es Dream Studios, que le dio el papel a quien tenía a la mano.

(Y ojo: aquí nada se escribe en serio. No tengo obsesión con mi ex, y si mi esposa se entera por usted, lo negaré todo. Además, lo que no fue en tu año, no te hará daño.)

Pero si el sueño se repite, no es mensaje. Es secuela. Dream Studios rara vez repite producción, pero créame, ha pasado. Como Rápidos y furiosos, que ya le perdí la cuenta de cuántas van. Nunca las he visto, ni ganas, pero entiendo el producto: gran presupuesto, algún tóxico, algún terrorista y, por supuesto, la típica escena de persecución.

Ya lo veo. Yo, perseguido por los jóvenes de aspecto dudoso. A cinco kilómetros por hora, que es lo que da el cuerpo. Efectos especiales: ninguno.

La uña es de verdad.