Lo que se dijo el otro día en la banqueta, con Don Anselmo, que tiene setenta y dos años y fue jefe de almacén. Si algo no cuadra, lo anota. Si algo cuadra, desconfía.
Hablábamos de los conciertos que vienen. Yo sostenía que ser viejo y ser rockero no está peleado. Ahí están las bandas que llevan más kilómetros que mi coche y hacen el mismo ruido al arrancar.
Entonces salió la banda alemana. La de la balada con silbido, la que ya silbó media generación. Iba a pasar por México (Guadalajara, Monterrey y la capital) y tenía residencia en Las Vegas. Pospusieron todo «por circunstancias imprevistas». Nuevas fechas: el año que viene.
No diré cuál. Si usted vio el cartel, ya sabe. Si no, le sirve cualquiera: hay de dónde escoger.
—¿Imprevistas? —dijo Don Anselmo—. ¿Y qué parte de la espalda, la cadera y la rodilla es imprevista?
Nomás que yo preguntaba otra cosa: ¿qué los hace seguir? Tienen discos, tienen décadas, tienen tres himnos que se pueden tararear en un elevador. Hay quienes viven toda la vida de uno solo (los one-hit wonders, «artistas de un solo éxito»), y ellos tienen tres.
Con ese dinero, yo ya estaría en Tailandia. No soy de playa y odio el calor, pero esos paisajes, por qué no. Comería lo que hubiera, aunque mi estómago, que ya negocia hasta con el agua, pondría condiciones. Iría adonde se me antojara, sin pensar en el mañana ni en de dónde sale el siguiente centavo.
Lo que no haría es seguir subiéndome a un escenario cuando la voz ya no da la nota o los dedos ya no dan el acorde. No lo digo por burla. Hoy un resbalón en el escenario es meme antes de que termine la canción. Uno se equivoca de ciudad al saludar, otro saca la bandera que no era, y a la mañana siguiente ya dio la vuelta al mundo.
—¿Y usted cuánto aguantaría sin hacer lo que le gusta? —preguntó Don Anselmo—. Dicen que quien hace lo que le gusta no trabaja un solo día. ¿Cuándo fue la última vez que usted se tomó vacaciones de quejarse?
Condenado viejo. Cómo lo detesto cuando tiene razón.
A la banqueta se habían ido sumando Doña Concha, con su café, y Don Chema, con su refresco de botella. No se pierden un chisme.
Doña Concha, que es la cursi del grupo y nunca dice cuántos años tiene, tarareaba un bolero y dijo que es por amor a lo que hacen. A su edad, dice, el romanticismo es que alguien te prepare el licuado de dátiles y se acuerde de cuál pastilla va primero.
Amor, dice. Amor al dinero, digo yo, nuestro único y gran dios. Al que se le paga a plazos, como en Coppel.
Y está el aplauso. No digo que sean narcisistas (hay uno que otro, como en todos lados; yo tuve un socio así, y no diré más). Digo que cuando tu alimento es el estadio lleno, el nombre coreado, la bienvenida con humo y reflectores, eso es bálsamo para todo: caderas, rodillas, hombros, tendones, voces que ya no dan la nota. Se entiende. A mí, en cambio, me cuesta hasta sacar al perro: lo hago por obligación y esquivo a los vecinos. ¿Treinta minutos de plática bajo el sol? ¿Para qué?
—Entonces a usted el aplauso no le hace falta —dijo Don Anselmo.
—Nunca me lo han ofrecido.
—Por eso.
Don Chema, que cobró puerta por puerta y sabe cuándo irse de una casa (cuando le abren con cara de «otra vez usted»), dijo que no es amor, es orgullo. Nadie quiere ser el primero en irse de la fiesta. Al primero que se va le dicen aguafiestas. Y en cuanto se va, la desbandada, como patos cuando suena la escopeta.
O no saben terminar una conversación. Esas que ya ni van ni vienen: solo vienen. Usted asiente, mira el reloj, y el otro sigue. Ahora imagine que el otro es un estadio, y usted, el que no sabe decir «ya me voy».
—Y cuando terminen —preguntó Don Anselmo—, ¿qué van a hacer en su casa? ¿Acumular polvo?
Hay quien dice que los viejos son los más sabios. Ahí está el Senado romano. Según lo que averigüé, senado viene de senex, «anciano». Pero no entraban por sabios, sino por haber ocupado un cargo, y en la República el puesto era de por vida, a menos que los censores lo sacaran a uno. O sea que ni en Roma sabían retirarse.
Don Anselmo dijo que en el momento en que uno deja de sentirse útil, estira la pata. Quizá ellos no quieren estirarla, y cada gira es una manera de gritarle a la huesuda que siguen más jóvenes y vigentes que nunca.
Y tiene su punto. Lo sé por Doña B.
Cuando hice mi servicio social de la prepa técnica, en una oficina de gobierno que acababa de cambiar de nombre y de domicilio, conocí a Doña B. Tenía ochenta y un años y seguía trabajando. Era la encargada del archivo. Antes se iba a pie a la oficina y lo disfrutaba. Con el cambio, tenía que manejar. La señora manejaba.
Todos los días decía lo mismo: cuando me jubile, haré esto; cuando me jubile, haré aquello. Pero no se quería ir. Creo que se lo decía para convencerse a sí misma. Mientras tanto, le asignaron a dos chicas de servicio social para que ella les enseñara el archivo y ellas capacitaran a su reemplazo. El reemplazo nunca llegó.
Bueno, sí llegó: una terminal VT100. No pedía permisos y nunca preguntó cuándo se jubilaba.
Doña B se jubiló. A los pocos meses murió, sola en su casa, sin hijos. Había dejado de hacer lo que más amaba: su archivo.
Don Anselmo no dijo nada. Los jefes de almacén saben cuándo una cuenta ya cuadró.
Volvamos a la banda. Pospusieron para el año que viene. Yo, que ni pensaba ir, ahora lo estoy pensando. Cambiar de opinión es de sabios. Pagar el boleto, de valientes.
Quién sabe si para entonces seguiremos en este plano ellos, yo o usted.
Ellos pospusieron. La huesuda, nunca.
