Mi cita queda a una hora de camino. Salgo a las cuatro de la mañana. Hágame usted la cuenta, que yo ya la hice y no me sale.

A las cinco, con el tráfico, son dos horas. A las cinco y media, casi tres. Después de las seis, uno deja la vida en el volante. Nadie quiere manejar tres horas, salvo que el destino esté a tres horas, y para eso inventaron los aviones.

Podría salir a la una de la mañana. O a las tres. Pero dormir en el coche me cobraría la factura en la espalda durante semanas, y luego está el oficial que pasa, me ve estacionado a esa hora y me pregunta qué hago ahí. ¿Qué le digo? ¿Que me estoy adelantando a la hora pico? A mi edad, dormir una noche completa ya es leyenda urbana, así que madrugar no me cuesta lo que parece.

Pero el punto no es la madrugada. Ni el tráfico. Bueno, sí: junto con que me corten el agua después de una ola de calor, es lo que más combustible le echa a mi coraje. Pero si solo hablara de eso, la nula audiencia que tengo terminaría pidiéndome a mí que le pague por leerme. ¿AdSense, me está escuchando?

Cuando uno llega a su tercera etapa, la precaución lo es todo. Movimientos calculados. Mínimo esfuerzo. No para evitar el cansancio, sino los quiebres, que ya no sanan en semanas sino en meses, y los meses se vuelven años. He oído tantas anécdotas de caderas y rodillas reemplazadas que ya solo engordan a las aseguradoras.

Si para caminar por el barrio hay que tomar precauciones, imagínese subirse a más de una tonelada de acero que, bien mirado, es un arma con calefacción y estéreo.

No, señor. Yo prefiero ser como el papá de una amiga que, cuando todavía manejaba, fue multado por ir por debajo del límite de velocidad. ¡Por lento! Eso, créame, es una hazaña. No me pregunte cuántos años tenía el don.

Por respeto a mi licencia, que me costó trabajo sacar (más desidia que habilidad, lo reconozco), la saqué hasta los treinta. Antes vivía donde el transporte público me llevaba a donde quisiera por menos de lo que cuesta un galón de gasolina, y todavía me sobraba para el lonche. Yo prefería el chofer. Comunitario, aclaro: cuando uno viaja con otras cuarenta personas, ya no se le puede llamar privado.

El día de mi examen, el momento más vergonzoso lo vivió otra persona. Ahí estaba una prima mía, la consentida de la familia, a quien su papá le compró carro del año y la mandó con dos guardaespaldas (mis primos) a presentar el examen. ¿Y qué hizo? Chocó el carro en el circuito de prueba. ¿QUIÉN CHOCA SU PROPIO CARRO EN EL CIRCUITO DE PRUEBA? Ella. Naturalmente se hizo lo posible por borrar la evidencia, todo menos mi recuerdo, que fue testigo presencial. Por respeto a la familia, jamás he dicho una palabra. Hasta este párrafo.

Descargo de responsabilidad: nada de lo que aquí sale a la luz debe tomarse en serio, y si me reclaman, lo negaré todo, como político en conferencia de prensa.

Usted disculpará a un viejo que cuenta una historia y a la historia se le vienen más recuerdos. Es como La historia sin fin, nomás que sin dragón, y cada vez que la cuento le cambio un dato. Por eso escribo: para que al menos quede una versión fija.

Hablábamos de los Fangio de la autopista. Acá les dicen speed demons, que suena a película de acción y no a multa. Esos que van zigzagueando entre carriles con la prisa de quien va tarde a su propio funeral. Lo malo es que a veces invitan a los demás.

Y a poco no es estresante ir usted respetando todos los límites, hasta los de cada carril, con uno de estos orangutanes pegado atrás, tan pegado que ya ni cabe en el retrovisor. Cualquier parpadeo del tráfico, un bache que nadie anunció, un mueble huérfano en el carril (alguien perdió el comedor completo en la autopista, sillas incluidas; yo no sé qué pasó en esa casa, pero las sillas salieron perdiendo), y su mínimo titubeo se convierte en golpe. Lo digo con conocimiento de causa. A mí me han pegado tres veces.

La primera, esperando la luz verde. Se movieron todos los carros, y digo todos, menos el que tenía delante. Yo, por lógica, me quedé donde estaba. El camarada de atrás (quise usar otra palabra que empieza con CA, pero hay que cuidar a los patrocinadores que todavía no tengo; cuando los tenga, hablamos) decidió que si todos avanzaban, yo también, y me estampó de lleno. Lo bueno es que me imagino cómo le quedó el suyo. Y el de adelante, en cuanto sonó el golpe, arrancó como quien no quiere la cosa.

Con el golpe, por fin le dio el ánimo.

La segunda, una mañana en que yo también iba tarde al trabajo. En la lateral para salir de la autopista iba al límite, bajando la velocidad como siempre. Adelante, un tráiler daba vuelta y, de pronto, empezó a cerrarse y se brincó de su carril al mío. Frené. Tenía prisa, pero no de pagar una reparación. Y el camarada de atrás, que o traía una urgencia o iba tarde igual que yo, decidió que la parte trasera de mi coche era un lindo lugar para pasar el resto de la mañana.

Llegamos tarde los dos. Juntos, por fin, y con papeles que firmar.

La tercera, en un embotellamiento, camino a otra cita. Por el retrovisor veo una camioneta tipo van zigzagueando, pegándose a centímetros de las defensas ajenas, y pienso: este se va a estampar.

Tuvo la delicadeza de escogerme a mí.

Lo siguiente que recuerdo es estar afuera del coche, enfurruñado, rezongando contra el ingrato que me había golpeado por detrás.

Ese es el coraje. Cuando pasó cada golpe yo no tenía blog para desquitarme a lo sabroso; todo se quedó en mi anecdotario al volante. Hoy sí tengo blog. Audiencia sigue sin haber, pero ya me desquité.

La prisa de unos es el retraso de todos los demás.

Y los ingratos que van como volados, creyendo que están en las 500 Millas de Indianápolis, casi nunca salen mal parados. Los problemas que provocan los pagan otros. Y digo otros porque a veces son decenas.

¿O me va a decir que soy un viejo cascarrabias? ¿Cuántos de ustedes, gracias a quien le encomienden el volante (Dios, el universo o la póliza de seguro), no han tenido un golpe, pero sí han estado del otro lado de la autopista? En sentido contrario, uno ve primero el golpe y luego, por kilómetros, la fila de carros que no se mueve. Primero la causa, y después la cuenta, repartida entre cientos. Todo porque alguien decidió que la mejor manera de pasar su ajetreado día era al pie del freeway, discutiendo con el otro conductor (que, claro, no fue él, siempre fue el otro, que se le puso enfrente) y explicándole su versión al policía.

En la autopista nadie choca. A todos los chocan.

O peor: tendido al pie del camino, respondiendo las preguntas de rutina de un paramédico. Yo vi una vez a un motociclista así, junto al freeway, gritando, esperando la ambulancia. No voy a contar el resto. No hay chiste aquí.

Aquí no se toma nada en serio. Pero hay cosas que sí. A unos les arruina la mañana. A otros, la vida.

La comadre de una tía iba de paseo familiar en una tarde fresca de verano, de esas en que da gusto bajar el vidrio y recargar el brazo en la ventana para sentir la brisa. De pronto, un iluminado decidió chocar defensa contra defensa. El coche terminó de lado, y el brazo, que seguía afuera, quedó atrapado entre el coche y el pavimento. No lo perdió. Sí perdió tejido: hubo que tomarle de otra parte del cuerpo para reconstruirle los tendones. Meses que se volvieron años de terapia, hasta recuperar el 60 % de su movilidad, que según la ciencia moderna era lo máximo.

¿Cuál era la prisa? Si al final no llegó a ninguna parte. Ni él, ni las decenas, a veces cientos, que arrastró con su torpeza.

Así que, si va a ir detrás de un volante, asuma la responsabilidad que le toca. Por eso no me parece descabellado delegar la tarea a los vehículos autónomos, una vez perfeccionados. Las máquinas, que yo sepa, no llevan prisa de funeral. Y los números ayudan: en el mundo mueren cada año alrededor de 1.19 millones de personas en las carreteras, frente a 418 en accidentes de aviación comercial en 2025. Casi tres mil veces más. Ya sé, hay muchos más coches que aviones. Pero ahí está el punto: a los aviones les tenemos miedo, y el coche lo manejamos con una mano.

Y si no el robot, el chofer comunitario: un solo volante para cuarenta y la prisa repartida. Eso exige coordinación de quienes trabajan en ello, y la coordinación es otra crónica.

Si me dice «ya mejor me voy, esto me suena a sermón», tiene razón. Pero el sermón lo da alguien que sale a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo. A su cita, no a su funeral.

Hasta la próxima. Si el de atrás me deja.