Le voy a hablar de futbol y no es de futbol.

(No es por el AdSense. Para vivir de eso tendría que ser cronista deportivo, y hay que saber de futbol. Qué complicación.)

Lo que pasó

El viernes 17 de abril de 2020, con el mundo encerrado en su casa, los dueños de la Liga MX se juntaron por videoconferencia y votaron suspender el ascenso y el descenso. Ocho votos contra siete. En cualquier familia, para escoger dónde cenar se necesita más consenso.

Era temporal. Cinco años. Temporal como todo lo provisional en México: el tope sin pintar y la obra "en proceso" frente a su casa. La razón, dijeron, era darles certidumbre a los inversionistas de las dos divisiones. Anótese la palabra. Va a volver.

En diciembre de 2023, Mikel Arriola, entonces presidente de la Liga, explicó que a los inversionistas se les cumple no modificando las reglas. Hablaba de no regresar el ascenso. O sea: la regla era no tener la regla. Es la única que se ha cumplido al pie de la letra.

Hubo mesas de trabajo. Hubo promesas. Dijeron que el ascenso volvería cuando cuatro equipos de la segunda división cumplieran ciertos requisitos. No se juntaron los cuatro. Era como pedirle comprobante de domicilio al que se ahoga antes de lanzarle el salvavidas. Qué raro.

En 2025 el Tribunal de Arbitraje Deportivo, en Suiza, resolvió que la suspensión era legal hasta el final de la temporada 2025-2026. Era legal, claro. Escriba usted la regla y verá qué legal le queda.

Y la temporada terminó. El 15 de julio de 2026, a unas horas de que rodara el balón (que es cuando se dan las malas noticias: con usted sentado y la cerveza abierta), publicaron el reglamento nuevo. Artículo 35: ya no habrá ni ascenso ni descenso.

La razón: dar certidumbre a los inversionistas. ¿Le dije que la palabra iba a volver? Francisco Iturbide, presidente ejecutivo de la Liga, describió lo que hay ahora como una "liga cerrada, de franquicias". Dicho en cristiano: un Oxxo con goles.

Mientras tanto, el Atlante, campeón de la segunda división en 2022 y sin poder subir, volvió a Primera en 2026. Para llegar tuvo que hacer lo que hacemos todos cuando el mérito no alcanza: pagar. Compró la franquicia del Mazatlán. Subió por la ventanilla.

La pregunta que no es de futbol

Mi abuela decía que de política, de mujeres y de religión no se habla, porque nunca se llega a un acuerdo. Voy a hacerle caso. Casi.

Porque lo que me da vueltas desde el artículo 35 no es la pelota. Es esto: ¿quién escribe las leyes?

Dicen que hasta los Diez Mandamientos los bajó un hombre. Cuarenta días en el monte, sin pan ni agua. Yo con tres horas sin desayunar ya redacto cosas de las que luego me arrepiento, y nadie me asegura que él no estuviera soñando con unos tacos con crema. (Para ver cómo escribe uno sin tele y sin cerveza, pregúntele a Homero Simpson, en la parodia de El Resplandor.) Ya sé, ya sé: religión. Le dije que casi.

Los romanos, que de esto sabían, dejaron dicho que la justicia es darle a cada quien lo suyo. Muy bonito. Falta que alguien diga quién decide qué es lo suyo.

Falta que alguien diga quién decide qué es lo suyo.

Después los de toga le fueron poniendo apellidos: justicia conmutativa, distributiva, social. Yo estudié esa carrera, así que me incluyo: es la misma cosa con tres tarjetas de presentación. Y Cicerón ya lo había dicho: llevada al extremo, la ley es la mayor injusticia. Lo dijo en latín. Siempre lo dicen en latín.

Si no le gusta el futbol, hablemos del agua. En una misma ciudad hay colonias donde la llave nunca falla y colonias donde la llave es de adorno. Cuando uno pregunta por qué, siempre hay un papel que lo explica: la imagen de la ciudad, el turismo, la inversión. Todas, primas hermanas de la certidumbre.

Y no me diga que es injusto. Es lo que dice el reglamento.

Dígame usted quién escribió las reglas que le tocan hoy. Aquel viernes bastaron ocho votos. ¿Votó usted por alguno de los ocho?

Perdón. Dije que no hablaría de política.

Para el que no me crea