Se llama paciente por algo CATEGORÍA: pensamientos RESUMEN: Una uña enterrada, un seguro que lo cubre todo menos la cita y un diccionario que explica por qué ya no me enojo: paciente viene de padecer. Crónica de un coraje que se quedó en la sala de espera.

Hoy el coraje no me alcanzó.

Hay coraje que se escribe solo. Y hay coraje que se queda en la sala de espera con un número en la mano. Este es de los segundos. Sé que me molesta, sé que tengo razón y sé que no va a cambiar nada. Entonces me da flojera. De esa flojera sale esta crónica, que es lo más parecido a un enojo que puedo ofrecerle.

La uña de la que le hablé en Dream Studios presenta: pesadilla de bajo presupuesto es real. Esta es la parte donde le cuento cómo llegó ahí y por qué todavía no sale.

Se me enterró. No importa por qué. Mi esposa dijo: «Ve al médico». Yo dije: «Es muy caro». Ella dijo: «Lo cubre el seguro». Y yo, como quien no quiere la cosa, le di el avión.

Semanas. No días: semanas.

Como ya le conté en O el más fregón o el más menso, uno siempre es el protagonista de su propia historia, así que o es el más tonto o el más vivo. Esta vez me tocó el primero. Mujeres, aplaudan. Pero no me atormenten con el «te lo dije»: ya tuve suficiente con el de mi esposa.

Y como soy hombre, no payaso, hice lo que hace un hombre, no payaso.

(Título de otra crónica. Ya la escribo.)

Un tío mío lo decía cada vez que nos invitaba a una tontería. La peor: jugo de betabel. Puro. Sin rebajar. Cien por ciento betabel. Quien lo haya probado conoce el mareo, el dolor de estómago, las ganas de vomitar sin poder. No se lo deseo a mi peor enemigo. Bueno, sí se lo haría. Aquí no nos andamos con medias tintas.

(Su esposa se reía de él, con razón.)

¿En qué me quedé? Ah, sí. Primero, los remedios caseros. Agujas calientes, como de joven (no perdí el dedo de milagro). Alcohol, para que arda con el gusto de un sol de verano a las diez de la mañana. Agua oxigenada, para ver cómo sube la espuma como el volcán de la feria de ciencias. (No lo haga.)

Después de hacerle al tarado con iniciativa (otro título para otra crónica; ya la escribo, ya la escribo), vino la segunda fase del tarado con iniciativa: internet.

Doña Concha, que lo sabe todo y nunca dice cuántos años tiene, me había contado de un producto que vendían en esa tienda en línea con nombre de río de un país sudamericano donde no hablan español. Con eso ya dije todo. Y páguenme mis regalías, como a cualquier influencer.

El producto no sacó la uña. Sacó lo demás, con olor incluido. Y el dolor, que ya vivía ahí, subió de piso.

Fue entonces cuando la vocecita que repetía «soy hombre, no payaso» se calló y habló la otra, la de mi esposa. Hice lo que jamás hago: pedí ayuda. Fui a urgencias. Yo, el viejo necio, el que prefiere dar vueltas toda la noche por la boca del lobo antes que preguntar cómo llegar. Pregúntele a mi esposa.

El enfermero me pidió que calificara el dolor del uno al diez. Vaya usted a saber qué cara traía, porque contesté diez sin pensarlo. Ya sabe cómo se ponen en los hospitales: si uno dice nueve, lo regañan. Con diez, por lo menos lo miran.

El médico de turno me revisó y confirmó lo que mi pie ya sabía: andaba mal. Pero era trabajo para un podólogo, y el hospital no podía hacer nada. Tenía que derivarme mi médico de cabecera. Hágame usted el favor. Me recetó antibiótico, que es lo que se receta cuando no se puede hacer nada y hay que dejar constancia de que se hizo algo.

Platicando con Doña Lupe, que trabajó años en una ventanilla, me dijo que eso tiene nombre: turnar. «Se le pasa el problema a la ventanilla de al lado, mijo. Y la de al lado lo pasa a la siguiente. Lo importante es que no se quede en la de uno». Habla con la autoridad de quien lo practicó.

Eso fue el domingo. Esa noche el dolor era tanto que me metí a la bañera como cuarenta minutos. Agua caliente y sal de roca, de esa que parece piedra pómez. Fue lo único que me alivió en toda esta historia. No pidió cita. No pidió seguro.

El lunes fui con mi médico de cabecera, para que me derivara al podólogo. Por fin, un alivio. Aja. Llego y me dicen que sin cita no atienden, que están saturados. Mi cita estaba a semana y media, pero justo tocaba sacarme sangre para el examen semestral. Fui a que me quitaran el dolor y me quitaron sangre. Algo es algo: el sistema sí cumple. Solo que con otro departamento. Y ya de por sí le tengo apatía a las agujas.

Así que, mientras escribo esto, la uña sigue enterrada y yo sigo esperando una cita que no llega.

¿Le suena conocido? Se lo pregunto porque no importa el país. Si el seguro viene del gobierno o si se paga, como en algunos países de primer mundo, el trato es el mismo. Vaya por acá para que lo atiendan. Vaya para allá para que le saquen sangre. Ahora por acá para una muestra de orina. Ora para que lo vea el doctor. Oh, lo siento, ya no hay citas, venga tal día. Al fin lo ve el general, que lo manda con el especialista. Y la cita con el especialista jamás llega.

Conozco los memes del sistema de salud de allá: el esqueleto sentado en la sala de espera hasta que por fin lo llaman a su cita. Esto no pasó allá. Pero acá el esqueleto también tiene silla.

Del latín: el que aguanta

En la sala de espera uno se pone ñoño, como cuando no tiene nada mejor que hacer. Así que fui a ver de dónde viene la palabra paciente.

El Profe, que fue maestro de secundaria y corrige hasta los letreros, me lo confirmó: viene del latín patiens, el que padece, de pati, sufrir, soportar. Paciencia, paciente y padecer son la misma familia. Por eso en la sala de espera hay reunión familiar.

Y hay más. Cuando uno deja de ser enfermo y se pone a la gramática, el diccionario también define paciente como lo que recibe la acción del verbo. Su ejemplo: «Los ladrones rompieron la cerradura». La cerradura es el paciente. Ni se tomaron la molestia de poner a una persona.

El médico es el agente. Tiene turno, tiene agenda, tiene la acción.

Yo soy la cerradura.

Para enojarse hay que creer que algo va a cambiar.

Por eso este coraje no es coraje. Lleva siglos, si no milenios, esperando, y un coraje que lleva tanto esperando ya no se levanta. Se queda sentado. Lo llamarán cuando lo llamen.

¿Me pide conclusión? No voy a salir como los médicos, con que la conclusión es que no hay conclusión. Pero sí hay una consecuencia: si en lugar de escuchar a los expertos de internet y a los sabelotodos de YouTube (que ya está lleno) hubiera escuchado a la de adentro, a estas horas estaría escribiendo la otra crónica. La de ser hombre, no payaso.

Mientras tanto, quedaron en llamarme.

Aquí sigo. Paciente.