Cuánta razón tiene el título en los matrimonios. Bueno, no necesariamente.
Qué digo matrimonios. Esa palabra que antes espantaba a los hombres al grado de desaparecer (como debería desaparecer su presencia digital) hoy asusta igual a todo el mundo, sin importar género. Y ojo: esto no es una batalla de géneros. A mi edad, esas minucias me llevan a decir "ya, ya, dime tu punto y vete".
Además, "matrimonio" ya suena arcaico, oxidado y fuera de onda. ¿Todavía se dice así? Es como confesar que usted usa Android y sigue con los tres botoncitos de abajo. O que, teniendo herramientas, prefiere hacerlo todo a mano.
Digamos mejor "relación de largo plazo". O "acuerdo de mutua tolerancia", que es más honesto. Como dice el refrán: "Si quieres conocer a Inés, vive con ella un mes". Esperen, dije que no iba a hablar de género. Pero es que el refrán lo dijo primero.
Todo lo mío es de ella
Mis cosas están al alcance y al uso de mi esposa. Mi computadora, por ejemplo. Sí, uso computadora; no una Remington portátil de esas que pedían que los dedos tuvieran membresía de gimnasio. Está a su disposición. Si le interesara, otra sería la historia. Por suerte le interesa más guardar cosas.
Y eso es solo el principio, porque lo mío es suyo hasta el último suéter. Salgo igual en todas las fotos, y no porque me crea el gurú tecnológico de la camiseta gris, que viste lo mismo todos los días para ahorrarse decisiones. Es que si me quito mi único suéter, ella se lo apropia, y cuando lo necesito ya no puedo disponer de él. Por eso no me lo quito. Imagine usted a qué huele la lealtad.
Lo de hoy
Pero no es eso lo que me trae aquí. El coraje de hoy es otro.
Una de nuestras discusiones de siempre es que yo procuro ser cuidadoso con el dinero y gastar lo justo. Usted conoce el reclamo: "tú haciéndolo a mano, cuando en tal tienda venden un aparatito que lo hace con un botón". Mientras tanto, el dinero, eso sí, bien seguro en el banco.
Pues bien, hace un par de meses decidí comprar a tiempo el regalo de cumpleaños del mayor de mis retoños. A mi esposa le encantó. Lo veía, lo admiraba, lo giraba a la luz. Yo estaba en el baño, que a mi edad es la mejor biblioteca de la casa: tiene cerradura, buena luz y nadie hace preguntas. Hasta ese día. Desde la puerta me preguntó si lo guardaba. Y yo, con la concentración de quien va en el mejor capítulo, grité: "¡Síííí!"
Error. Contestar que sí desde el baño es como aceptar los términos y condiciones: nadie los lee, todos firman y después no hay a quién reclamarle.
Llegó el cumpleaños. Hicimos los preparativos y llegó la hora del regalo. Exacto: el regalo. ¿Dónde estaba?
Guardado. En un lugar tan seguro que, desde ahí, ya no se puede regalar.
En esta casa todo es mío. Ella sabe dónde.
Las pruebas
Aquí es donde me sale el coraje. Yo procuro tener en casa las herramientas necesarias para trabajar lo menos posible y que el tiempo libre sea llevadero. Compro los cepillos para lavar los trastes con huequitos donde no entra el estropajo: ¿dónde están? Vaya usted a saber. Compro el portatoallas porque viene visita: llega la visita y no hay portatoallas, y según quién sea, hay que comprar otro. Compro las tijeras para detallar el jardín: cuando se me ocurre usarlas, nadie sabe dónde están, y termino podando a la antigua, con las uñas y mucho rencor.
Ponga también el destapacaños, que aparece cuando ya no hay tapón. La linterna, que aparece cuando regresa la luz. El abrelatas eléctrico, jubilado antes de estrenarse, que descansa en un lugar secreto como los testigos protegidos.
¿Qué sentido tiene comprar cosas para hacerme la vida más fácil si, cuando se ocupan, no se pueden ocupar, porque están mejor guardadas que mi dinero en el banco?
Y aquí llego al dilema del huevo y la gallina: ¿qué fue primero, comprar la herramienta o guardarla? Porque si en lugar de comprar cosas dejara el dinero en el banco, en una cuenta de inversión, ¿cuántos intereses me generaría? Al menos el banco me manda un estado de cuenta y me dice dónde está mi dinero. Mi esposa no me manda ni un aviso de dónde quedó el portatoallas.
Alguien tiene que ceder
Y como sabrá, para que una relación de largo plazo dure, alguien tiene que ceder. Y no, no digo que yo sea una santa palomita. Mi esposa también cede, muchas veces. No es fácil la vida con un vejerete amargado cuyo combustible para levantarse cada mañana es el coraje.
Ella cede, yo me enojo, y así llevamos años: ella guarda, yo busco.
¿Quiere una conclusión? Que tengo la razón. ¿O no?
La tengo guardada en un lugar tan seguro que, si alguien quiere verla, tendrá que preguntarle a mi esposa dónde la puso.
Y recuerde: aquí nada se escribe en serio. Si usted se lo toma en serio, el problema es suyo. Si se lo toma en serio mi esposa, el problema es mío. Por eso lo negaré todo. Tengo coartada: la computadora es de ella.
