Después del séptimo intento, el verificador me declaró robot.

Así, sin abogado ni juicio. Una casillita con un dibujo de robot me miró desde la pantalla y dictó sentencia. No sé quién lo dijo en realidad: puede ser una computadora, un servidor o el hacker que ya me minó el blog y ahora viene por lo que quede. Lo que sé es que a mí me han llamado de mil maneras, casi todas humanas. Robot, jamás.

Por eso presento mi defensa. Que pase el primer testigo.

Testigos de descargo

En uno de mis trabajos más queridos presumí de constancia y cumplí varios quinquenios, que traían aumento; no me haga explicarle por qué me encantaban. Ahí tuve un par de jefas que me dijeron de todo.

Una decía que yo era mago. Cada vez que me pedía un reporte, se lo daba tal como ella lo veía en su mente. No era magia, era la regla del noventa-diez: noventa por ciento seguridad y diez por ciento conocimiento. (Nunca se lo expliqué. Un mago no revela sus trucos y un empleado no revela sus fórmulas.)

La jefa de mi jefa, en cambio, no tuvo tanta fe. Me llamó haragán. Así, tal cual, y a la autoridad no se le discute. Decía que yo era tan flojo que inventaba cosas en la terminal para que la terminal hiciera mi chamba, mientras yo hacía cualquier otra cosa menos teclear ocho horas como mis compañeros.

Anótelo, señor juez: me acusaron de poner a trabajar a la máquina. Hoy la máquina me acusa de ser ella. Qué raro.

Teclear, tecleé. Mis callos tienen nombre, y Juanito, el del meñique, puede testificar. El reporte, eso sí, salía exacto y antes de tiempo, mientras los demás seguían en el renglón catorce. Que me llamen como quieran.

Si el hombre no hubiera sido flojo, no habría inventado la rueda.

Las pruebas del fiscal

Y entonces llegó el SAT, la única autoridad de mi país que asusta más que el coco, y me llamó robot. Daltónico, tal vez. Robot, jamás.

Exhibo el expediente.

Intento uno: confiado. Intento dos: ofendido. Intento tres: ya le tenía desconfianza a la i, a la ele y al uno, que en esa letra son la misma persona con tres disfraces. Intento cuatro: ya le hablaba de usted. Intento cinco: negociaba. Intento seis: le ofrecí un trato. Intento siete: el sistema me miró con lástima.

Y lo que me ponían enfrente era una fiesta: letras amontonadas, unas acostadas, otras con rayas como presidiario, sin que uno supiera si eran cuatro, cinco o seis. ¿Mayúscula o minúscula? Quien diseñó esa letra tenía la creatividad de un burro de noria: dar vueltas y no llegar a ningún lado.

Si alguien del SAT me está leyendo (algún día seré famoso y llegaré hasta ustedes), les aviso que su captcha no detecta robots. Los robots de verdad lo resuelven en un segundo. El único que se queda afuera es el contribuyente.

El colmo: la constancia

Y uno con el tiempo contado. Un trámite, un préstamo del banco, hasta el acta de defunción: para todo piden la constancia, y la piden reciente, cada mes, como si mi situación fiscal cambiara con la luna. Un papel que ya tengo, que no cambia y que se me vence a los treinta días como el yogur.

Me la piden como si yo fuera a vender facturas. Los que sí las venden no andan sacando constancias: andan con la impunidad del zancudo, que le pica a usted de noche, se va con su sangre y nadie lo vio. Yo, que declaro a la luz del día, tengo derecho a siete intentos y a una mirada de lástima.

O voy a la oficina, que sale gratis y se llama fila, o voy con el coyote, que cobra y se llama atajo. Por Internet es una proeza digna de Ulises. A Ulises lo persiguió un cíclope, lo hechizó una diosa y una ninfa lo retuvo siete años, y nadie le pidió demostrar que era humano.

Sentencia

Y al final, nada. Ni constancia ni trámite. Tampoco me dieron el puesto de empacador voluntario en el supermercado, que a este paso también pide constancia. Y encima, robot.

Si de veras fuera robot, mi algoritmo ya habría descifrado su captcha.

Solo un humano falla siete veces.