En el salón había dos clases de gente: los que miraban el reloj y los que miraban el pizarrón.

Los del reloj contaban los minutos para la salida. Los del pizarrón, de verdad, lo disfrutaban. Hay muchas clases de inteligencia y también de meta. Por eso el título no es una pregunta retórica: hay gente que de veras goza estudiar.

Tuve una compañera en la prepa de las de puro diez. Letra bonita, apuntes ordenados y, al llegar a su casa, los pasaba en limpio. Por gusto. Yo ni el recado del refri.

Se casó, se dedicó a su familia, y habrá quien diga: «Qué desperdicio de potencial». Esa cuenta está mal hecha. Cada quien invierte su potencial donde le importa.

Los que venden humo

Pero no vine a hablar de ella. Vine a hablar de lo que me sube el coraje: los vendehumos.

¿Venderán humo de veras? Imagine la escena. Un tianguis, un señor con un frasco de corcho: «Humo del bueno, patrón, de la última cosecha». Y un cliente que lo huele, asiente y pregunta si hay descuento por cantidad.

Ahora cambie el frasco por una pantalla y el tianguis por un anuncio: ahí tiene el curso para dominar lo que sea en treinta días. (Hay maestros de verdad, y muchos. Esos no prometen nada en treinta días.)

Lo mío hoy es más decepción que coraje. La hermana seria (alguien tiene que traer la papa) empezó a publicar fórmulas avanzadas de Excel. Avanzadas: la palabra que a unos asusta y a los de tecnología les prende las luces. Resultado: ni un eco.

¿Será la calidad? No creo. (Ya sé: lo dice el hermano.) Es que quien quiere likes, vistas o seguidores, o como les llamen los gurús, ya tiene fórmula: publicar BUSCARV. Mi editor insiste en que ahora es BUSCARX, y hasta Microsoft la llama la sucesora. Yo le digo que no sea necio: en mis tiempos era BUSCARV y es lo que sé usar. Con cualquiera de las dos le llueven los «me gusta».

Con los cursos de programación pasa igual, claro, antes de que llegaran los robots contestadores. Así les dice Don Anselmo, que fue jefe de almacén y no se traga nada. Le llaman IA, pero IA ni qué nada: es una montaña de multiplicaciones y sumas, que en Excel se llama SUMAPRODUCTO. Y para enfriar tanta cuenta, los centros de datos usan agua. A mí, mientras tanto, me la cortaron por un trapo.

Nos gusta empezar

Y aquí entra el título. ¿Por qué nos gusta tanto aprender? Mentira.

No nos gusta aprender. Nos gusta empezar.

Empezar es fácil: basta pagar la inscripción. Terminar exige ir. Si hubiera invertido lo que he pagado en membresías de gimnasio, hoy sería millonario. Hasta hay estadística: según un análisis de Strava, el segundo viernes de enero es el día en que más gente abandona sus propósitos de ejercicio.

Y todo arranca el primero de enero. Si ese día fuera persona, sería una cara sonriente que le recomienda un producto, pagada para mentirle sin parpadear. O sea, un influencer. El primero y el único de verdad: los romanos le dieron el puesto en el 153 antes de Cristo y, con sus altibajos, lleva más de dos mil años repitiendo la misma promesa: este año sí.

Y le creemos. Empezamos cosas que luego dejamos tiradas, como el alpiste de Panchito, mi perico: en unas semanas, o en unos días.

Es el pleito de siempre: para que haya quien venda, tiene que haber quien compre. La solución es la que usted pensó: no compre. Jubile el primero de enero y deje sin chamba a los vendehumos, que viven cómodos de nuestra procrastinación. O de nuestro entusiasmo: quien mucho abarca, poco aprieta. Y quien vende cursos cobra por abarcar.

A mi compañera nadie tenía que venderle las ganas. Después eligió cuidar a su familia con la misma entrega con que pasaba los apuntes en limpio. Creo que a una sociedad tan individualista le hace falta más de eso: gente que se dedique a cuidar a otros. Pero esa es harina de otro costal, y no quiero hacerme bilis.

Conclusión, no hay. Se me hace tarde para empezar tai chi y recuperar la forma en veintiocho días.

Empiezo el primero de enero.